Consumo de carne en España: El chuletón por bandera | Opinión

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El ministro de Consumo, Alberto Garzón, durante una comparecencia de prensa.OSCAR DEL POZO / Europa PressMás informaciónTenía el menú resuelto: chuletón para Díaz Ayuso y hamburguesa para Pablo Casado. Los dos extra size porque, como suelen decir, Sánchez no es quién para opinar sobre el tamaño de lo que se llevan a la boca. Bien, yo tenía el menú resuelto y también una teoría. La teoría de que Trump había tenido éxito apelando a los instintos básicos, al rugido del estómago y a la llamada de la vieja masculinidad. Las dos cosas, de alguna manera, estaban enlazadas en su mente, ya que solía fotografiarse al lado de una parrilla repleta de steaks para demostrar que la libertad, amigos, era eso: decidir lo que te comes sin que nadie interfiera en tus deseos.Ahí estaba yo, con mi menú y mi teoría trumpera al punto cuando en esto que aparece el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y sea porque le sentó mal que su ministro de Consumo hiciera una campaña por su cuenta, sea porque decidió parar la rebelión de los ganaderos, zanjó el asunto con una bromilla que desacreditaba las palabras de Garzón y lo convertía en objeto de rechifla, como si no hubiera dicho más que tontadas; de paso, frivolizaba (y esto es lo serio) con las evidencias que sobre la insostenibilidad del excesivo consumo de carne tiene la comunidad científica, así como la FAO, la organización de la ONU para la alimentación y la agricultura. A Sánchez solo le faltó decir para estar en consonancia con los tiempos: “¡A mí no me dice mi ministro de Consumo de qué tamaño ha de ser mi imbatible chuletón!”.Pedro Sánchez responde a la polémica sobre la carne durante una rueda de prensa en Lituania el pasado jueves.El tamaño y la frecuencia están cobrando de pronto una importancia inusitada. A las declaraciones de Sánchez siguieron las de Zoido, Abascal, Cifuentes, Page, el mismísimo ministro de Agricultura, y todo un batallón de luchadores por la libertad que al parecer solo se alimentan de carne en un país en el que, como declara Mikel López Iturriaga a The Guardian, no se trata de cambiar el filete por el tofu, señores: nuestra dieta mediterránea, esa que declaramos defender, es “imbatible” en arroces, pescados, potajes, pucheros, y que se sepa nadie hasta ahora ha pronunciado la palabra prohibir, sino moderar. Comprobar cómo un debate que tendremos que asumir muy pronto se ve reducido a chascarrillos y fotos tuiteras de filetones con la retahíla ideológica de costumbre, filetes por la libertad, contra el comunismo, es desalentador.Todo esto esconde también una irritante hipocresía porque ante un susto del corazón cualquiera de estos que saca pecho se achanta, se modera, coloca la salud por delante, deserta de esta guerra cultural. Que hay que dosificar la carne roja es algo que sabemos todos y más aún aquellos que cocinamos y disfrutamos de una dieta como la nuestra. Dicen que la mejor alimentación se dio en la España de los sesenta y setenta. Muy cierto. Abundaban en las casas las legumbres, las hortalizas y el pescado más barato; la carne se comía de vez en cuando. No tenía nada que ver aquella dieta con la falta de libertad sino con una tradición alimenticia muy arraigada: asumible y sabrosa. Toda esta exhibición de chuletones viene de un país que entendió así lo boyante.Luego está el asunto de cómo afecta esa producción desmesurada al cambio climático, algo que provoca urticaria en la derecha. Pero todo eso está publicado, consensuado por la ciencia: ¿Qué ocurre entonces? ¿Se desprecia la información? Hay que leer las crónicas de Eliane Brum en este mismo periódico sobre la deforestación de la selva amazónica para convertirla en pasto de ganado. No hay que pensar en el futuro, es un debate urgente. Por eso ha sido un espectáculo desolador. El Congreso se ha convertido en un gran asador y casi nadie quería renunciar a su mesa. Fuera de esa juerga, vivimos una emergencia climática.Y ya otro día si eso hablamos del sufrimiento animal en la producción intensiva. No hay que poner toda la carne en el asador, que tampoco una es San Lorenzo.

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