Cuba y Haití deben forjar su propio camino

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Este mes estallaron crisis políticas en dos islas del Caribe que dejaron al descubierto a gobiernos en quiebra y a personas hambrientas. Las raíces de los problemas son diferentes. En el caso de Cuba, la rígida planificación centralizada y el sofocante comunismo monopartidista son los principales culpables, mientras que Haití sufre el problema opuesto: un deslizamiento hacia la anarquía.

Ambos Estados han dependido en gran medida de donantes durante gran parte de su historia reciente, lo que ha impedido la reforma. En Cuba, la generosidad de la Unión Soviética dio paso a la generosidad del petro-Estado socialista venezolano de Hugo Chávez, que ahora está en bancarrota. Haití se convirtió en esencia en un protectorado internacional a principios de este siglo, con el personal de mantenimiento de la paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) garantizando la seguridad y miles de millones de dólares de ayuda apuntalando al país.
Los cubanos y haitianos están inquietos porque sus gobiernos no garantizan ingresos dignos y suministros alimentarios adecuados. El coronavirus ha agravado los problemas.
El asesinato del presidente Jovenel Moïse el 7 de julio corre el riesgo de empeorar los problemas de Haití. La aparentemente espontánea ola de protestas de Cuba estalló cuatro días después, planteando un raro desafío a un gobierno osificado que carece del carismático — y temido — liderazgo de los hermanos Castro.
¿Qué puede hacer la comunidad internacional? La intervención extranjera tiene una historia dudosa en ambos países. La misión de la ONU de 13 años y US$ 7 mil millones a Haití terminó mal, en medio de acusaciones de abuso sexual y propagación de una epidemia de cólera. El fiasco de Bahía de Cochinos de 1961, cuando una invasión respaldada por la CIA estadounidense no logró derrocar a los Castro, fue el ejemplo más notorio en Cuba.
La administración Biden está procediendo con cautela, consciente de los poderosos grupos de presión y los errores del pasado. Su énfasis en empoderar a cubanos y haitianos es sabio. Sin embargo, esto no debe convertirse en una excusa para la inacción. La sugerencia de Biden esta semana de que podría enviar vacunas a Cuba si pudieran ser administradas por una organización internacional ofrece un rayo de esperanza. Debería ir más allá y eliminar las restricciones sobre las remesas y los vuelos que complican los esfuerzos de los cubanoamericanos para alimentar a sus familiares.
La política hacia Cuba ha sido durante demasiado tiempo rehén de un grupo de presión del Congreso desproporcionadamente poderoso. Poner fin al embargo ahora, cuando La Habana ha arrestado a cientos de manifestantes y cortado el acceso a Internet, enviaría una señal equivocada, pero las peores consecuencias humanitarias deberían aliviarse.
En Haití, la asistencia alimentaria y médica de emergencia ayudaría, así como el reconocimiento de que las elecciones libres de este año, un objetivo anterior de Washington, no son realistas. Es necesario alentar a los haitianos a encontrar un gobierno interino de consenso que pueda celebrar elecciones creíbles. El camino hacia adelante en Cuba no es tan diferente: en algún momento, un régimen que se ha quedado sin ideas necesita comprometerse con su propio pueblo en una búsqueda honesta de un cambio pacífico. Pero en ambos países debe descartarse firmemente la intervención extranjera.

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