Diez cosas que me gustaron de Madeira | Blog Paco Nadal

13


Si buscas largas y espaciosas playas, quizá este no sea tu sitio. Pero Madeira, la isla volcánica portuguesa frente a las costas africanas, tiene muchos otros atractivos más allá que ver el barrio natal de Cristiano Ronaldo o broncearse al sol (que por cierto, sí tiene; todo el que quieras)

Capela Do Corpo Santo, en Funchal. Paco Nadal

1. Funchal
La capital de la isla tiene un barrio antiguo encantador, con calles peatonales llenas de terrazas y restaurantes, en especial la rúa Santa María y la placita de la iglesia. Varios artistas locales han decorado las puertas de viviendas y locales en una demostración de cómo el street art puede cambiar la faz de un barrio antes degradado y fuera de los circuitos.

Teléferico de Funchal Paco Nadal

2. Subir en el teleférico de Monte
Nada mejor para entender el tremendo desnivel de esta isla volcánica que subir en el teleférico que parte del barrio viejo de Funchal y sube hasta el mirador de Monte. Pese a la pendiente, cada centímetro de la ladera está colonizado por casas, cultivos de plátano (la riqueza local) o de verduras para el autoconsumo.

Mirador del acantilado de Cabo Girâo Paco Nadal

3. Cabo Girâo
El acantilado más alto de Europa (589 metros) es sencillamente impresionante. Sobre todo desde que se inauguró el nuevo mirador con suelo de cristal que deja ver el enorme abismo que se abre bajo tus pies. Mejor ir temprano, por la luz y porque es uno de los sitios más visitados y se llena de gente, sobre todo si ese día hay cruceros.

Rápel en Ribeirio Frío Paco Nadal

4. Hacer barranquismo
Madeira es un paraíso para el barranquismo porque la isla –por su morfología volcánica- es un puro barranco. El más sencillo y el que más hacen los turistas es el de Ribeirio Frío, con una cascada de 20 metros al inicio y varios rápeles y saltos más sencillos, a continuación. Demora una hora y media.

Senda entre el pico Areiro y el pico Ruivo Paco Nadal

5. Subir al mirador del pico Areiro
En una isla llena de miradores esté podría llevarse el premio al top one. Se sube en coche y ofrece unas impresionantes vistas de los barrancos de la zona central de la isla. Hay una senda que va desde el aparcamiento del pico Areiro hasta el vecino pico Ruivo por encima de las crestas volcánicas. Se necesitan tres horas de ida (y otras tantas de vuelta).

Una pareja de senderistas camina junto a una levada Paco Nadal

6. Senderismo por una levada
Las levadas son acequias talladas a manos desde hace cientos de años por los habitantes de la isla para llevar agua desde los barrancos de la cara norte –en la que más llueve- hasta las zonas de cultivo. Paralelo a esos conductos corre siempre una senda o carril que servía para darle servicio y que ahora es la excusa perfecta para practicar el senderismo, porque tiene poco desnivel.

Mesa con vistas panorámicas en el restaurante Quinta do Furâo Paco Nadal

7. Comer en la Quinta do Furâo
Es el restaurante del hotel homónimo, situado en la costa norte. Si hace buen tiempo, se puede comer en la terraza con unas vistas increíbles de los acantilados septentrionales de la isla. ¡Una pasada! Buenos pescados y carnes.

Piscinas volcánicas de Moniz Paco Nadal

8. Un baño en las piscinas de Moniz
Un baño de agua salada entre piedras volcánicas. Las piscinas naturales de Moniz, en el extremo noroeste de la isla, son una serie de pozas naturales que llenan el propio mar y que se acondicionaron con pasarelas para adaptarlas al baño. Si hace viento y oleaje las cierran, pero entonces el espectáculo es ponerse en el paseo marítimo a ver las olas romper contra los negros acantilados.

Descenso en bicicleta Paco Nadal

9. Una ruta en bici de montaña
Madeira es también ideal para hacer bicicleta de montaña. Hay muchas rutas y de todos los niveles. Para quienes no puedan o no quieran afrontar subidas tan brutales, hay empresas que te suben en coche y luego te guían en descensos vertiginosos a través del bosque de laurisilva.

Fajâ dos Padres Paco Nadal

10. Fajâ dos Padres
Mi lugar favorito de la isla. Una faja de arena y cantos rodados al pie de un tremendo acantilado a la que antiguamente solo se podía acceder en barco. Los jesuitas tuvieron aquí algunas de las huertas y viñas más ricas y productivas de la isla, porque el acantilado les protegía del viento y el frío del norte. Los actuales dueños mantienen un hotelito y un restaurante abajo, a los que antes se accedía por un ascensor no apto para cardiacos y desde hace un año, en un moderno teleférico.

Fuente

Opina sobre este artículo