El valor de las mediaguas en la urgencia social

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“Ciertamente este último año, hemos percibido un aumento en la demanda por viviendas transitorias de emergencia”, responde el director ejecutivo de Techo + Fundación Vivienda, el sociólogo Sebastián Bowen, cuando buscamos cotejar con los que más saben el aumento de solicitudes de familias desesperadas por conseguir algo tan básico como una mediagua. 
En Hogar de Cristo han percibido a través de sus redes sociales y sus distintas plataformas de comunicación la necesidad creciente de un espacio donde guarecerse. La crisis económica y la consecuente pérdida de empleos producto de la pandemia ha dejado a decenas de miles de familias sin poder pagar el arriendo, literalmente en la calle. 
En esta coyuntura, que no corresponde a una emergencia natural del tipo terremoto, tsunami, incendios o aludes, sino a una emergencia social a causa de la pandemia, el problema del déficit habitacional se ha extremado. Antes de esta crisis sanitaria, Sebastián Bowen había dicho: “Hacen falta cerca de 500 mil casas para terminar con la falta de viviendas, esto es medido por la Casen, pero la Cámara Chilena de la Construcción dice que son 740 mil. Ése es el desafío que tenemos como país. Si lo vencemos, estaremos solucionando los campamentos, pero también el allegamiento, el hacinamiento y el arriendo abusivo”. 
Ahora, sin embargo, esa demanda se ha exacerbado. Y una mediagua parece un lujo. 
El director de Techo + Fundación Vivienda, instituciones que están en proceso de fusión y que hasta hace un año operaban por separado, prefiere no hablar de “mediaguas”, concepto que considera “antiguo, asociado a las letrinas, a un estándar demasiado bajo, por eso decimos vivienda transitoria o vivienda de emergencia”. Pero el concepto está muy arraigado y en la emergencia –ya sea natural o social, como la que atravesamos–, la gente no duda y apela a que “me ayuden con una mediagüita”. 
La idea de generar una vivienda de emergencia se originó en el Hogar de Cristo a partir del Departamento de Obras y Viviendas Populares de la misma Fundación, en julio de 1958. En 1966, el Departamento se independiza y nace Fundación Vivienda para satisfacer la necesidad de construir una casa liviana, que pudiera trasladarse fácilmente, para ser construida en tomas de terreno donde llegaban a vivir familias sin techo en la década de los sesenta. 
Desde sus inicios, este programa fue liderado y marcado por la presencia del sacerdote belga, de origen noble, avecindado y “chilenizado” en la población La Victoria, Josse Van der Rest. El jesuita, que murió en julio pasado a los 96 años, se hizo conocido en nuestro país como “el padre de las mediaguas”. Bajo la impronta del padre Alberto Hurtado de “crear un hogar para los que no tienen techo”, hasta hoy la fundación ha proveído casi 500 mil soluciones de emergencia y más de 7 mil viviendas definitivas, beneficiando a sobre 2 millones de personas.
En Las Uvas y el Viento, en la población Pablo Neruda de la comuna de La Granja, donde las calles llevan nombres de libros del poeta, trabaja desde hace 22 años la asistente social Silvia Acevedo, encargada de evaluar a los postulantes a una vivienda transitoria y jefa de este programa. Dice: “En el último año, la demanda por mediaguas ha sido sostenida y creciente. Las solicitudes son de personas que viven hacinadas o allegadas, en su mayoría mujeres, que han quedado sin trabajo a causa de la pandemia y no pueden pagar el arriendo del lugar donde vivían y son desalojadas. Familias que se han quedado en la calle”. 
-¿También reciben solicitudes de migrantes?
-Atendemos también a migrantes, pero no ha habido una explosión de demanda por ese lado. Quizás se deba a que nosotros no beneficiamos a personas en tomas y campamentos.  
Un tríptico impreso explica con claridad quiénes pueden optar a este beneficio tan solicitado: se trata de familias que, por su condición de vulnerabilidad, no cuentan con recursos propios ni ayuda estatal oportuna para acceder a un espacio digno donde desarrollar la vida familiar. Otra condición clave es que deben tener una “autorización de sitio”. Eso es un documento formal firmado por el o los dueños del terreno donde será ubicada la vivienda de emergencia, el que debe ser acompañado por una serie de antecedentes, como el registro social de hogares, comprobantes del ingreso familiar, la orden de desalojo en caso de existir, certificado de discapacidad si amerita, y otros. En definitiva: siguen allegados, pero no tan pegados, en el sitio de un familiar directo o de alguien cercano. 
Con todos estos antecedentes sociodemográficos, laborales, educacionales, se hace la selección, que, de acuerdo a datos del 2019, ese año favoreció a 702 familias de la Región Metropolitana y Valparaíso, que es donde funciona el programa. Esto representa un 63 % de los grupos familiares que postularon. 
Puente Alto, Pudahuel y Lampa son las comunas de Santiago donde Fundación Vivienda instaló el mayor número de mediaguas en el 2019. “El 85 % de las familias que atendemos son lideradas por una mujer”, cuenta Silvia Acevedo. Y casi el 60 % de ellas está a cargo de un hogar monoparental. La edad promedio de las solicitantes es de 35 años. El 54,3 % de los jefes de hogar no logró terminar la enseñanza media, el 40 % de las familias dependen de ingresos por concepto de jubilaciones, pensiones o subsidios del Estado y el 76 % vive en situación de extrema pobreza. Y, en cuanto a las condiciones de habitabilidad previa, el 76 % de los atendidos en el 2019 vivía de allegado; el 43 %, en situación de hacinamiento; en el 35,3 % de los casos dormían más de dos personas por cama, que es uno de los efectos más nocivos del hacinamiento, y el 16 % presenta alguna situación de urgencia, como violencia intrafamiliar, amenaza de desalojo, episodios de violencia o abuso sexual, consumo problemático de alcohol o drogas, lo que le otorga mayor prioridad a su situación
Aún no están disponibles los datos del 2020, pero no cabe duda que la precariedad descrita será aún peor a causa de la pandemia, fenómeno que vuelve aún más críticas las consecuencias del hacinamiento.
Ya no más en las uvas y el viento
Las mediaguas no son gratis, si bien hay familias –muchas–, que por su extrema vulnerabilidad, no pagan nada. “Pero eso es algo que se ve caso a caso”, precisa Silvia.
El mercado privado de las mediaguas –existen empresas que se dedican al tema– ofrece soluciones desde los 450 mil pesos hasta más de un millón cien mil pesos, de acuerdo al tamaño y material. Las de la Techo + Fundación Vivienda no se comercializan sino que se asignan con los criterios sociodemográficos ya detallados,  y consisten en un kit que incluye los paneles prefabricados y los materiales complementarios (puertas, ventanas, bisagras, quincallería), así como un manual de construcción. 
Hasta antes de la pandemia, el voluntariado consistía en su mayoría en estudiantes universitarios que participaban del montaje de la mediagua en su sitio. “Ahora y con razón, las universidades no han querido arriesgar a sus alumnos a causa del Covid-19 y ya nadie va a terreno”, comenta la asistente social, quien por su larga experiencia repasa varios de los cambios de todo tipo que han experimentado estas soluciones transitorias de emergencia: “Ya no son de 6×3 metros como era al comienzo, ahora algunas tienen hasta 38,5 metros cuadrados. El material ya no es madera, sino OBS, que es una placa prensada. Ahora llevan pilotes, lo que las aísla del suelo helado, de la tierra”, comenta y no puede dejar de comentar el liderazgo de “el padre de las mediaguas”, Josse Van Der Rest, “que fue capellán de nuestra fundación durante muchos años”.
“La mediagua la inventó la gente, yo sólo fui responsable de industrializarla y hacer que las personas pagaran por ellas lo menos posible”, nos dijo en el 2018 el viejo jesuita con su castellano enrevesado y lleno de chilenismos. Mencionó a sus opulentos sobrinos y sobrinos nietos europeos que en distintos momentos habían venido de Bélgica a Curanilahue, por ejemplo, a construir mediaguas como voluntarios. “Cualquier joven mejora, se transforma, trabajando por los más pobres. Conocer al pobre es mejor que ir a la universidad. Los pobres deben ser nuestros maestros. Es lo que enseña Jesús. Él vivió como pobre entre los pobres, por eso, pero hoy nadie entiende eso”, nos dijo.
En esa misma entrevista, también sostuvo que el terreno es mucho más relevante que la casa. 
“Es lo que sostenía el viejo presidente Eduardo Frei, el padre. Las familias pobres requieren un terrenito, agua y luz. El alcantarillado puede incluso ser un simple cagadero, un hoyo de 8 metros de profundidad. Esos yo los hacía con chuzo. El pobre que consigue tener un terreno urbano sale de la pobreza, así de simple. Por eso, hoy mi mayor lucha es contra la especulación urbana que asfixia a los pobres y genera segregación y exclusión”. 
Aunque el cura Josse reivindicaba el valor de su invento, reconocía, como insiste en recalcar Sebastián Bowen, que la mediagua es una vivienda transitoria, característica que también refuerza la profesional a cargo del proceso de otorgarlas, Silvia Acevedo. Ella precisa: “Nosotros atendemos la urgencia de tener un techo donde vivir. Por eso mismo no consideramos a la mediagua como una alternativa para ampliarse. Tampoco la entregamos por segunda vez a una misma familia. Privilegiamos la urgencia social, y el proceso de entrega puede durar mínimo un mes, máximo tres meses y, después del estudio social de la familia, es clave la evaluación técnica del terreno. Pero todo depende de la disponibilidad de recursos; siempre son más las solicitudes que las entregas, sobre todo en este último tiempo”.   
Silvia, que es básicamente una mujer orientada al servicio, señala: “Como estamos en pleno proceso de unificación con Techo, a partir del primero de marzo, ya no estaremos más en Las Aguas y El Viento, desde esa fecha nos pueden encontrar en Departamental 440, comuna de San Joaquín y, como siempre, atendemos por orden de llegada. Y siempre está la posibilidad de que visiten nuestra página

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