El vuelo de un valiente

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Cayó la noche, y con ella creció la tormenta. Estábamos sedientos y hambrientos. La diligencia comenzó temprano aquel día en la precordillera. En el cruce de los ríos Los Sauces y Ñuble de la entonces Octava Región, el 4 de enero de 1985 desapareció el matemático estadounidense de origen judío, Boris Weisfeiler. Ese día se reconstituía el punto y la ruta de la desaparición del matemático.
El juez Juan Guzmán calmaba a quienes lo acompañaban… ahora sí que vamos a saciarnos… nos espera una gran cena…, repetía con ese humor tan suyo. De paso, me calmaba yo también: era el único periodista que cubría la jornada para el diario La Nación.
Pero para aquella cena, que prometía abundancia y brindaría un campesino de la zona, había que volver a cruzar el río Ñuble. Alcanzamos a cruzar en los cuatro vehículos de tracción. La lluvia regresó con fuerza. Arribamos a la cabaña del campesino. Adentro el aire regaló aromas que impulsó a algunos a frotarse las manos. Entonces era verdad lo que el juez venía prometiendo. Él lo confirmó con un gesto y un par de bromas. Era bromista. Un humor fino, pero agudo. A veces una ironía hermanada a una sonrisa burlona que arrancaba risas.

En eso estábamos, en los instantes previos al ataque mientras la lluvia parecía agujerear el techo, cuando escuchamos golpes en la puerta. No recuerdo quién abrió, pero el vendaval se coló. ¡¡¡Es urgente… tienen que salir ahora… el río está creciendo… si no, no podrán volver a cruzar…!!!
No alcanzamos a tocar nada. Salimos literalmente arrancando. Rugieron los motores en la noche. Ya no era lluvia, era azote del cielo negro. Todos en sus puestos y partimos en medio del lodazal. Había que cruzar el río como fuera. Entramos al caudal. No recuerdo en que vehículo cruzó el juez. Me parece fue el primero. Quedó grabado en mi memoria el ingreso al torrente del vehículo en que yo iba. No lo vamos a lograr… pensé. Me aferré con fuerza a un punto de apoyo. Una mole de agua nos remeció y amenazó tumbarnos. El último vehículo se volcó y lo arrastró la corriente. Los ocupantes alcanzaron antes a salir, ayudados por los policías Sandro Gaete y Abel Lizama, que ingresaron al río una camioneta más grande para sacarlos. Ambos eran dos de los principales policías civiles colaboradores del juez en sus investigaciones. No recuerdo cómo cruzó Hernán Fernández, que integraba el grupo como abogado querellante por Weisfeiler.
El humor del juez ayudaba cuando en terreno había que revivir el horror, a pesar del tiempo transcurrido. En aquellas diligencias casi siempre estaban presentes familiares de los caídos y caídas bajo la represión. Me asombraba el cariño y la delicadeza con que él los trataba. Adentrarse en lo más hondo de la noche para investigar, como él decía, le fue cambiando la vida.
Cuando en la entrevista que le hice para el diario La Nación Domingo en mayo de 2005, al renunciar al Poder Judicial, le pregunté:
-Cuál es el juez Juan Guzmán que aquel 11 de septiembre de 1973 celebró y aquel que hoy, 32 años después, deja el Poder Judicial? Me respondió:
-“Es un juez que ha evolucionado. Que conocía la superficie de las cosas. Hoy día soy un juez de edad, de mucha experiencia y he penetrado más allá de la superficie. He llegado a lo más hondo de la noche. Los principios son los mismos, quizás, pero he madurado enormemente. Antes me faltaba experiencia, conocimiento, ignoraba mucho y desconocía la historia del país, cómo habían sido las cosas”.
Y finalmente llegó a ser inmensamente querido. Y odiado, por quienes glorificaron a las bestias. Porque, no es que este juez se dedicara tan solo a cumplir con la misión… ese murallón que se le vino encima cuando se le encomendó la megacausa Pinochet, sino que al trabajo investigativo profundo y fino, le agregó pasión y sentimiento. Su imagen trascendió fronteras y el mundo le abrió su corazón.
Capitán de barco
Después de almorzar, subimos al barco. El juez y su equipo de la Policía de Investigaciones habían concluido la reconstitución del llamado “asalto al retén Neltume” la noche después del golpe. Que de asalto no tuvo nada, como se estableció en la investigación del juez. El retén –con estructura de madera– permanecía vacío y envejecido, pero intacto. Ni una sola huella de disparos desde el exterior, como se pudo verificar.
La navegación por el lago Pirihueico permitía llegar al paso Hua Hum en la frontera con Argentina, y verificar la zona.
En medio del viaje, el juez subió a la sala de mando y le pidió el timón, la gorra y la pipa al capitán del barco. Una de sus humoradas. El capitán accedió y se quedó a su lado sonriente, mientras el juez disfrutaba como un niño en Nochebuena con un barquito de juguete. La imagen quedó guardada en la fotografía que alguien hizo de aquel momento. Yo estoy a su lado, sumado a esa chiquillada, y no recuerdo de dónde apareció una segunda pipa que sostengo en mi boca.
La última carta
Con el avance de sus investigaciones, llegaron las presiones. El juez se iba acercando al dictador. Todos los caminos de los crímenes conducían a él. A ese Augusto Pinochet intocable al que, transcurridos ya varios años del fin de la dictadura, se le seguía respetando en las esferas oficiales. Al que la prensa seguía nombrando exmandatario, según el título que este se había colgado al cuello a punta de sangre y metralla. En la prensa estaba prohibido llamarlo dictador.
Sobre la vida del juez aparecieron nubarrones y amenazas. Un vehículo de la PDI debió instalarse día y noche afuera de su casa en el barrio de Pedro Valdivia Norte. Pero aún así, Guzmán no perdía el humor: a sus custodios los llamó cariñosamente “Los Felipes”.
Trazó su estrategia: no mostrar sus cartas a sus visitantes que acudían, a veces amigablemente desde la derecha política, y otras veces con insolencia desde el Gobierno. El objetivo final: no toque a Pinochet… no toque al exmandatario.
En la misma entrevista referida le pregunté:
-En sus contactos personales con Pinochet, ¿tuvo la oportunidad de darse cuenta de que lo engañaba con su estado de salud para tratar de librarse de usted? Me respondió:
-“Fue un juego. Yo sabía de antemano que había toda una maquinaria de personas que me invitaban a sus casas, a restoranes, que tenían una cordialidad muy grande conmigo, que estaban haciendo su trabajo, a su manera, con métodos de inteligencia. Pero yo también estaba haciendo mi trabajo, con astucia, haciéndome más el tonto de lo que realmente soy. Haciéndolos pensar que creía el juego, que pensaba que todo lo que me decían era real. Las caras de tristeza que ponían cuando yo interrogaba al general Pinochet (…). Cada uno estaba con su estrategia. Lo importante para mí era no mostrarla. Pero ellos mostraron la suya y la mía la guardé hasta el final”.
Batalla en tribunales
El 1 de diciembre de 2000, el juez procesó a Pinochet en calidad de autor intelectual de 57 homicidios y 16 secuestros en el episodio Caravana de la Muerte. Tal fue el impacto en Chile y el extranjero, que los poderes fácticos se movilizaron rápido. La Quinta Sala de la Corte de Apelaciones anula el procesamiento. La Sala Penal de la Corte Suprema confirma la anulación. Se desata una guerrilla por los exámenes neurosicológicos practicados al dictador. Estos declaran que Pinochet presenta una demencia progresiva e incurable.
El juez logra finalmente interrogarlo. Hasta ahora diversas piruetas judiciales se lo impiden. Como advierten que Guzmán sigue adelante, las presiones aumentan. Por ello, antes de volver a resolver sobre Pinochet, el juez se refugia por unos días en la residencia del movimiento católico internacional Schönstatt-Bewegung, la comunidad Schönstattiana en los contrafuertes cordilleranos de Santiago.
Y el 29 de enero de 2001, lo vuelve a procesar. La batalla aumenta. La Sexta Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago pone a salvo al procesado, resolviendo que, debido a su demencia progresiva e incurable, todas las acciones en su contra se sobreseen temporalmente, aunque mantiene el procesamiento. Pero la Sala Penal de la Corte Suprema lo salva definitivamente, resolviendo el 1 de julio de 2002 que, debido a su demencia subcortical progresiva e incurable, Pinochet queda sobreseído definitivamente en la causa Caravana de la Muerte.
La transición pactada a la democracia, pactada principalmente con Augusto Pinochet, llegaba a los estrados judiciales. Para el juez Juan Guzmán fue un golpe duro. De todas maneras siguió investigando al tirano en otros episodios, en los que incluso logró avances notables.
Cuando el expresidente de la Sala Penal de la Corte Suprema, Alberto Chaigneau, se retiró del Poder Judicial al cumplir 75 años, los periodistas que cubríamos tribunales le brindamos un almuerzo en la antigua Confitería Torres.
En la sobremesa le preguntamos por la milagrosa recuperación de la memoria de Pinochet, quien había dado algunas entrevistas, confirmando que la pérdida de su memoria era mentira. Su respuesta fue categórica: “Ese viejo huevón nos engañó a todos”.
La amistad vino del mar
Una mañana soleada arribamos a la bahía de Quintero en Valparaíso. El ministro Guzmán llegaba a buscar rieles con que habían arrojado al mar los cuerpos de prisioneros a bordo de helicópteros. Buzos los habían avistado. Una vez más, yo acompañaba al juez en una diligencia. Nos embarcamos en dos lanchas y salimos a alta mar. Lo acompañan los detectives Abel Lizama y Alejandro Vignolo, además del policía Pedro Carrasco, “Sami” para los amigos, quien filmó cada diligencia del juez en terreno. Los rieles fueron encontrados y sacados a la superficie, eran tres o cuatro, y hoy permanecen en Villa Grimaldi. Uno de ellos aun tenía un botón adherido.
Terminada la diligencia, volvimos a tierra y fuimos caminando para almorzar en un restaurante de esa caleta. Camino al restaurante, el juez me dice: “Y tú, Jorge, ¿hasta cuándo me vas a tratar de ministro, de juez, de usted?”. Así empezamos a tratarnos de tú. Y así nació la amistad que fuimos construyendo con Juan. Siempre lo cuidé al no tutearlo en el Palacio de Tribunales, donde es bueno estar alerta y cuidar la espalda. Lo sabría Juan, que por eso renunció al Poder Judicial y no se fue jubilado con 75 años.
Me honró al pedirme que revisara el borrador de su libro Al borde del mundo: Memorias del juez que procesó a Pinochet. Con respeto le hice algunos comentarios. Y me honró doblemente con su dedicatoria al ejemplar que le pedí me firmara: “Para mi amigo Jorge Escalante, compañero de lucha en esta saga, con la mayor admiración y afecto”.
Por donde sea que andes, vuela todo lo alto que puedas, Juan querido… valiente compañero de lucha para desentrañar el horror que azotó a Chile bajo el terrorismo de Estado. Seguro te acompañarán siempre Inés, tu esposa, y tus hijas Julia y Sandra.
Y no dudo que por esos espacios de la eternidad seguirán sonando para ti Thelonious Monk, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y todos esos jazzistas que amaste en la tierra. Espero no hayas olvidado llevar contigo las plumillas de la batería con que solías marcar esos compases en tu casa… porque la batería te la mandamos pronto.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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