Elecciones en la UDI: la pugna Pérez-Macaya que complica a Lavín

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La inscripción de las listas, para competir por la presidencia del partido el 12 de diciembre, ha dejado al descubierto que la crisis de la UDI es profunda. Primero, el histórico Pablo Longueira denunció matonaje interno y fue sacado de carrera, debido a las consultas realizadas por integrantes del partido que buscaban perjudicarlo. Segundo, la incapacidad de lograr una lista de consenso, con críticas cruzadas e intervención directa de la presidenta del partido, que logró colocar a uno de sus incondicionales –al igual que antes, cuando presionó a Piñera para que nombraran a un ministro del Interior–. Tercero, porque, más que discutir ideas, las dos listas representan el choque generacional, que viene en pugna hace tres elecciones y donde siempre se han denunciado presiones brutales para impedir el recambio. Recordemos que cuando Bellolio, el actual vocero de Gobierno, representaba al grupo más liberal –hoy ha vuelto al redil conservador– y enfrentó a Van Rysselberghe, amenazó con retirarse de la colectividad, debido a los ataques recibidos.
Pero lo que pasó con Longueira representa, en parte, cómo se hacen las cosas en un partido que se parece más bien a una secta y que no tolera la disidencia. El exsenador volvió a la política y se convirtió en un dolor de cabeza para la UDI. Su opción por el Apruebo –“ojalá que gane por paliza”– y la petición de libertad para los asesinos de Guzmán, golpearon duro a los gremialistas. Longueira pasó de héroe a villano en pocas semanas. Torpedeado por la directiva de JVR y criticado por sus pares, desafió al establishment y presentó su candidatura. Sin embargo, debió relegar sus aspiraciones –así como en 2014, cuando era candidato presidencial–, acusando una “maniobra vergonzosa” y advirtiendo que desenmascarará a los articuladores de “esta oscura operación”. ¿El problema? Longueira es cercano a Lavín y había anunciado que volvía a trabajar para que el alcalde llegara a La Moneda.
¿De qué operación oscura estará hablando Longueira? Hasta donde se sabe, el grupo de los que se consideran dueños de la UDI –como una especie de accionistas mayoritarios– decidió bloquear cualquier intento de acceder al poder que sustentan hace décadas. Porque lo cierto es que en las dos listas que compiten por dirigir el partido no existen diferencias ideológicas de fondo. Ambas están representadas por personas que han lamentado la pérdida de identidad de la colectividad. Preocupados por el proyecto de retiro del 10% de las AFP –recordemos que los cinco diputados que votaron a favor en el primer proyecto fueron enviados al tribunal disciplinario y tres de ellos renunciaron al gremialismo–, que consideraban la base del modelo económico, y fieles partidarios del Rechazo y la convención mixta. Ninguna renovación en las ideas –salvo la edad en la lista de Macaya– y ambas propuestas ancladas en la derecha más dura, la cercana a José Antonio Kast.
Víctor Pérez –que postula como un penoso premio de consuelo– y Javier Macaya, son dos personajes frente al espejo. Nada los diferencia entre ellos y tampoco con Kast, respecto de la forma como ven al país. No sintonizan con el Chile que explotó el 18/0, ni entienden lo que pasó en las calles. No comprendieron que la gente pedía cambio de Constitución, tampoco que no querían tener parlamentarios redactando la futura Carta Magna. Es decir, los dos candidatos de la UDI parecieran vivir y hablarles a los habitantes de las tres comunas que votaron igual que ellos. Un partido anclado en la elite económica, en esa gente que rechaza el cambio. ¿Qué tienen que ver ellos con lo que dice y hace Joaquín Lavín? Nada. ¿En que pueden aportarle a Lavín? En nada. Pérez y Macaya son un problema para el alcalde.

Y tampoco es tan claro que vayan a apoyar irrestrictamente a Lavín. En una entrevista a la diputada Hoffmann –que extrañamente abandonó su opción por presidir el partido–, dijo que le parecía atractivo el liderazgo fuerte, valiente y firme de Matthei, aunque también le gustaba el mensaje de integración social de Lavín. A buen entendedor, pocas palabras.
Cualquiera que gane las elecciones, no cambiará nada en el partido gremialista. Esto porque, más allá de que podría existir un recambio generacional con Macaya, las ideas siguen estáticas en el tiempo, pese a la evolución del país. Y, claro, si hay algo que caracteriza hoy a Joaquín Lavín es que es un UDI que no es UDI. Y eso se va a transformar en un problema para él o bien para esta colectividad atada al pasado. El alcalde está obligado a renunciar a la UDI si quiere superar el techo que hoy tiene en personas que valoran su estilo, pero que jamás votarían por alguien del partido de la dictadura. El dilema para Lavín no está en renunciar a la UDI, sino cuándo.

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