¿Es irreversible la desconexión de los Piñera Morel con la ciudadanía?

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Hay una ley de la comunicación política: para las personas es imposible separar la figura del Presidente de la gestión global de su Gobierno. De ahí que, por más esfuerzos que hagan algunos ministros, funcionarios e incluso líderes del oficialismo, la percepción de La Moneda está condicionada a la figura presidencial. Durante 2020, Sebastián Piñera mantuvo un promedio cercano al 18%-20%, gracias a una leve alza al inicio de la pandemia –llegó incluso al 25%–. Sin embargo, terminó el año con magros 7 puntos, muy similar a como finalizó el 2019 con la crisis social en su momento más álgido: 6%, según la encuesta nacional del Centro de Estudios Públicos (CEP). En buenas cuentas, la gestión de la pandemia le sirvió de muy poco al Mandatario.
El sábado recién pasado, el diario El Mercurio publicó una comparación entre los presidentes del continente. El Mandatario chileno ocupó el penúltimo lugar entre todos, según el matutino. Sin embargo, utilizó como base la cuestionada encuesta Cadem que le dio 14% al finalizar el año. Todos los otros sondeos arrojaron entre 5% y 7% en diciembre para Piñera. Es decir, nuestro Presidente ocupó el último lugar entre todas y todos. Curiosamente, ese mismo medio de prensa tuvo un foco crítico y de comparación permanente con Argentina todo el año. ¿La evaluación de Fernández? Terminó el 2020 con 40% de apoyo.
¿Tan malo ha sido el Gobierno de Piñera para tener una percepción ciudadana de 7%? ¿Las personas no valoraron nada la gestión de la pandemia e incluso la llegada temprana de las vacunas? El problema parece ser otro: el Primer Mandatario y su familia han terminado por agudizar la sensación de desigualdad que impera en Chile. Polo de embajador a Argentina, los hijos que viajan a China en la delegación oficial a hacer negocios, Cecilia que considera “alienígenas” a quienes protestan el 18/0 y teme que le quiten sus privilegios. Un Presidente que desafía en Plaza Italia en plena cuarentena, que dice que Chile es “un oasis” a días del estallido social y luego se pasea sin mascarilla por la playa más exclusiva del país. Y, claro, la Primera Dama que viaja a Miami en plena crisis y al regreso no hace cuarentena.
Estoy convencido que Sebastián Piñera se animó a volver a La Moneda con dos objetivos claros: dejar el legado de ser “el mejor Presidente de la historia” y ser admirado, querido, como lo fue Michelle Bachelet en su momento. Lo primero lo confesó la gente de su entorno –que idealizaron a Piñera por sus cualidades de gestor en el caso de los “33” y su experiencia empresarial–. Lo segundo es una deducción, pero es evidente que el Presidente sabía que tenía un pendiente de su primer mandato. Al comienzo, incluso mostró algunos atisbos –yo mismo lo valoré en este espacio–, como reconocer que le había faltado humildad en su primer período. Pero la intención duró muy poco. Piñera volvió a ser prisionero de Piñera, estaba en su naturaleza de hombre exitoso de negocios, de hombre rico –en la primera campaña proyectaba cómo una persona de clase media podía llegar a millonaria gracias al esfuerzo–. 
El Presidente es inteligente, rápido, pero impulsivo, qué duda cabe. De pensamiento hablado y de una incontinencia verbal que debe angustiar a sus asesores –si es que a estas alturas escucha a alguien–. Le gusta hablar utilizando sinónimos y suele improvisar ejemplos fatales. Pero principalmente se traiciona a sí mismo porque deja traslucir lo que piensa sin filtros. ¿En qué pensaba cuando se le ocurrió nombrar a su hermano de embajador en uno de los países más relevantes para nuestra política exterior? ¿Qué se le pasó por la cabeza cuando fue a celebrar el cumpleaños de un nieto en un lugar público, en una de las tres comunas del otro país, cuando el resto de Chile estallaba en llamas? ¿Nadie fue capaz de advertirle del riesgo de que sus hijos Sebastián y Cristóbal se subieran al avión de la FACH en Madrid para aparecer –sorpresivamente– en la delegación oficial y luego ser protagonistas en las rondas de negocios, privilegiando sus empresas? ¿Qué se le pasó por la cabeza a Sebastián Piñera cuando provocó al resto de los mandatarios del continente diciendo que Chile era un oasis de tranquilidad respecto de los otros o al afirmar que nuestro país estaba mejor preparado que nadie para enfrentar el COVID-19, sin saber aún la magnitud de la tragedia que se nos podía venir encima?

¿Cómo es posible que Cecilia Morel comentara a sus amigas a través de WhatsApp de audio –nunca se supo si fue una filtración de La Moneda o de sus “amigas”– que quienes estaban expresando su rabia por las desigualdades y colusión era extraterrestres –muy simbólico por lo demás– y que además expresara su temor de que les quitaran sus privilegios? ¿Fue parte de un acto fallido la conducta, digna de psicoanálisis, cuando el Presidente pidió a sus escoltas parar la comitiva, que circulaba exactamente a la hora en que todos los viernes se producían manifestaciones, en Plaza Italia para sacarse una foto en plena cuarentena y a solo un par de horas de participar en la Teletón virtual? ¿Nadie pudo advertirle a Piñera que adelantar la “nueva normalidad” en el peor momento de la pandemia era una insensatez? 
¿Qué tipo de conversaciones puede existir en la intimidad de un matrimonio que sabe que sus actos modelan conductas para bien o para mal, cuando planificaron que Cecilia Morel viajara por diez días a Miami, justo en el momento en que el 50% de la población estaba confinada de manera permanente o los fines de semana por un aumento brutal de casos? ¿Qué puede pasarle por la cabeza a alguien para entrar al país y no cuidar, al menos, la imagen de aparecer cuatro días después de su llegada en un acto público, pese a que se les exige cuarentena a todos los que ingresan al país? Y, claro, gracias a esta conducta inadecuada –no ilegal– de la señora del Presidente, nos enteramos que Sebastián Piñera estaba solo ese mismo fin de semana en Cachagua cuando cometió un error infantil al pasearse sin mascarilla.
La pregunta ahora es si el Presidente Piñera y su familia pueden revertir esta imagen que construyeron de sí mismos –de seguro sin planificarla, fue espontánea– y que terminó por reforzar la percepción de desigualdad y privilegios en una sociedad que se hastió de ese statu quo histórico y ya no lo tolera. Se ve difícil, porque la naturaleza de Piñera parece ser su enemigo implacable, que le hace cometer errores ante una ciudadanía que despertó en 2019 y está ahora atenta. Por supuesto, nada es imposible. Ojalá que el período de vacaciones se convierta en una oportunidad para los Piñera Morel para autoobservarse y reflexionar. Mal que mal les quedan catorce largos meses en el poder y parten con una imagen muy deteriorada. Como diría Serrat, “de ahí en adelante no queda más que ir mejorando”. 
Pero la principal paradoja es que, de quien más temor tenían que fuera el “cacho” del Presidente, el negro Piñera, terminó siendo el más cuidadoso, el más “piola”, el más sensato de todo el clan. Quién lo iba a decir.

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