Gracias por todo – El Mostrador

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Este jueves 19, mi papá Germán hubiese cumplido 76. Falleció el 8 de agosto, el día que nació Roger Federer, uno de mis ídolos deportivos. Gracias por dejarme contarles parte de la vida de este gran hombre, que nació en Valparaíso y que siempre me acompañó en mi vida relacionada con el deporte.
Mis primeros recuerdos con él son nuestra cita de los domingos, a las 21.00 horas, para ver los goles en la televisión. Era un momento sagrado, donde no abundaban los diálogos o palabras, pero esa imagen de estar sentado a su lado viendo los goles de la fecha, era una sensación sublime. Y claro, si no estaban listas las tareas y el uniforme ordenado, no había permiso para ese sagrado instante.
Siempre le gustó Colo Colo, aunque lo enmascaraba con su cariño por S. Wanderers –pecado capital ser porteño y no llevar los colores verdes–, porque siempre me hablaba de Chamaco Valdés, Sergio Ahumada, Guillermo Páez y varios cracks albos más.

La primera vez que fuimos juntos a un estadio fue en 1982, el partido de despedida de Chile antes de viajar a España. Es un recuerdo maravilloso e imponente para mí. Tenía 9 años, venía a la gran capital desde San Fernando. Ese viaje, junto a uno de sus grandes amigos que le regaló la vida, como es Juan Silva, lo tengo tan presente. Caminar por Campos de Deporte tomado de su mano, acercándonos al coloso de Ñuñoa y esas luces que preparaban el coliseo.
Fue una noche mágica, donde además el Gato Osbén –quien vistió de azul completo con el número 22– atajó todo. Fue una postal de admiración del arquero chileno y los agradecimientos de por vida para mi papá y tío Juan, por hacerme testigo en vivo de lo que años más tarde sería mi desarrollo profesional.
A mi papá no le gustaba ir mucho al estadio y, mientras vivía en San Fernando, siempre me arrancaba con mi amigo Esteban Salinero a ver los partidos del querido Colchagüita. Es más, mi madre me confeccionó una bandera blanquiazul para alentar al cuadro de la herradura.
Esa bandera siempre fue un trofeo de guerra, amor y emoción. Estoy seguro que quien la tiene, sabe del valor emocional de esa tela. En una Copa Chile –debe haber sido por el 83 u 84–, Universidad Católica se presentaba en San Fernando y logré convencer a mi papá que fuéramos al estadio y lo conseguí con ayuda de mi mamá, quien además nos preparó una mochila con café y sándwiches, en esos años se permitían, para la espera y desarrollo del partido. Eso fue así, hasta que un suceso marcó el instante en el cual Manuel Germán Flamm Carvajal, enfático y duro, tomó una decisión. Estábamos en los tablones del Jorge Silva Valenzuela y desde la parte alta y ante un cobro contra el equipo local, alguien lanzó un botella con vino, la cual estalló muy cerca de mi viejo. Se manchó y eso generó su molestia… Me dijo: “Nos vamos” (en todo enfadado). “Papá… quedémonos…”. Me replicó: “No vuelvo más al estadio”.
Pasaron 17 años para que Germán, el papá, el diácono, el ingeniero agrónomo, el abuelo, el amigo, volviera a un estadio. El escenario, Estadio Nacional. La despedida oficial de Iván Zamorano de la selección chilena ante Francia (que era campeona del mundo). Me costó un par de semanas lograr una respuesta positiva, porque además ese día me tocaba hacer cancha en la transmisión de Canal 13. Llegar de nuevo con él al estadio, después de 17 años, era una emoción maravillosa, igual que caminar hacía el móvil y poder presentarle a mis compañeros de trabajo, quienes fueron muy generosos con él, después llevarlo hasta su ubicación y decirle: “Disfruta esto”.
Sé que así fue, porque al final del evento no paraba de hablar del partido y los jugadores. La tarea estaba cumplida, quería que se volviera a encantar con el fútbol, ese mundo en el cual trabajo y quiero. En parte fue un logro, pero sus anhelos y deseos siempre estuvieron apuntados más allá. Era un humanista cristiano, las personas eran su pasión y la manera en la cual las podía ayudar y orientar. Fue siempre absolutamente generoso en aquello, nunca dudó, incluso en los minutos más complejos y álgidos durante la pandemia, siempre estaba al lado de sus “señoras”, a las cuales le daba la comunión. La fe para Germán era su motor de vida.
La última vez que fuimos juntos al estadio fue el 5 de febrero del 2005 en Talca. Me acompañó y quedó alucinado por cómo se trabajaba en un móvil de transmisión, más allá de la tecnología, por el trabajo de cada persona. Esa conversación de retorno a San Fernando la tengo plasmada en cada frase, porque su fin siempre eran las personas, más allá de su situación social, pensamiento político o forma de ser. Él siempre rescataba los valores con quienes se rodeaba.
Vuelvo a agradecer por darme este privilegio de poder compartir sobre quien fue mi papá, amigo, consejero, guía y ejemplo. A ustedes también, por permitirme estas líneas para recordarlo y homenajearlo. Plasmando dos frases que me enseñó, simples y profundas: “Dale pa’adelante no más”… “Sé honesto y empeñoso”.
Gracias, papá, por todo. Gracias, Germán, por todo lo que entregaste. Abraza también a mi mamá.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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