La natación de Estados Unidos fracasa en los Juegos Olímpicos de Tokio

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La primera semana de unos Juegos Olímpicos siempre está asociada a la diversión acuática. La natación concentra todas las miradas, en busca de nuevos dioses y diosas surgidos de las profundidades. Y tradicionalmente, la mayoría tienen pasaporte norteamericano. No hay discusión sobre el excepcional trabajo realizado en las universidades norteamericanas, fuente inagotable de torpedos que en cada cita olímpica arramblaban en el medallero.Así ha sido durante los últimos 50 años, una tiranía convertida en dictadura en el siglo XXI, cuando Michael Phelps impuso su ley: el genio de Baltimore apenas necesitaba compañía en su equipo masculino, pues dominaba mariposa, libre, estilos y apoyaba en relevos: 23 medallas de oro aportó a la cuenta de resultados. El dominio quizás no era tan aplastante en féminas, pero gente como Natalie Coughlin, Missy Franklin o Katie Ledecky se bastaban para mantener la hegemonía.Confiando en el fenómenos DresselPero llegó una nueva década y el momento de una transición muy complicada. Ya no está Phelps y la mina de talento parece vaciarse, a medida que el resto de enemigos saca nadadores de primera como churros: Australia, Gran Bretaña, Japón, Hungría, Italia… todos han apretado. Malos tiempos acuáticos para los ‘yankees’: en espalda mandan los rusos, en braza no hay quien tosa al británico Peaty, el dominio del húngaro Milak en la mariposa es insultante y en el libre reposa la última gran esperanza de redención, que atiende al nombre de Caeleb Dressel, una bestia subacuática que ya suma una medalla y aspira a colgarse cinco más. Eso sí, una cosa es decirlo y otra demostrarlo.La final de los 100 metros con el chico de Florida rodeado de pirañas australianas, surcoreanas, italianas y rusas se antoja excepcional y el oro norteamericano, imprescindible. Sin el metal dorado, la federación norteamericana se vería en un serio aprieto, después de permitir descansar a Dressel para esa carrera a costa de sacarlo del relevo de 4×200, donde Estados Unidos hizo literalmente el ridículo para sonrojo del comentarista Phelps.La cosa no ha ido mucho mejor en féminas, donde Katie Ledecky (24 años) asiste a una ocaso precipitado y provocado por el nuevo fenómeno australiano llamado Ariarne Titmus. La chica entrenada por el ‘Pocholo de Tokio’ provocó una auténtica hecatombe tras derrotar a Ledecky en la final de los 400 libres y repitió proeza dos días después, bajándola incluso del podio en los 200. El oro de los 1.500, una hora después, pareció consolar a medias a la estrella norteamericana. Titmus parece predestinada a ser la reina olímpica, con la japonesa Yui Ohasi presentando también candidatura merced a sus oros en estilos, 200 y 400.Pero no todo es para cortarse las venas: los 17 años de Lydia Jacoby, oro en los 100 braza, invitan a pensar que hay materia prima a largo plazo, como en la espalda con Regan Smith, pese a su ‘fracaso’ en la final: ‘solo’ bronce. Ellas, junto a Dressel y sin descartar todavía a Ledecky, deben liderar el renacimiento estadounidense en la piscina. Tienen 3 años para conseguirlo.

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