Lecciones del mundo de la estrategia y el liderazgo militar ante la pandemia

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Da la impresión a veces de que el Gobierno, en su estrategia contra el COVID-19, privilegia la eficiencia en el uso de los recursos sobre la efectividad de las acciones que esta tomando. Lo anterior es algo que, excepto en ocasiones –como se indicará más adelante–, sucede muchas veces en el mundo civil, el que está acostumbrado a que se le mida por la eficiencia con que realiza las acciones, más que por la efectividad en el logro de sus objetivos.
En el mundo militar, la estrategia es la forma en que se usan los medios para lograr un fin deseado y, como no existen segundos o terceros lugares y lo que vale es lograr el objetivo, la efectividad más que la eficiencia es lo que prima, ya que obviamente no hay lugar para otras consideraciones. Solamente el valor del objetivo en juego es el que determina la magnitud del esfuerzo a desarrollar.
Cabe entonces preguntarse: ¿qué tiene esto de nuevo o por qué debería hacerse tan marcada diferencia entre ambos conceptos? Porque parte del problema en el manejo de la pandemia está en no definir con claridad cuáles son los objetivos finales de la campaña del Gobierno y tampoco hay claridad respecto de la métrica que se utiliza para determinar si avanzamos o retrocedemos. Mucho de ello pasa por entender que, en situaciones como estas, lo que vale es la eficacia y no la eficiencia.
A modo de ejemplo, y usando un caso por todos conocidos y que es la excepción que confirma la regla, en el primer Gobierno de Sebastián Piñera 33 mineros quedaron sepultados bajo la tierra de Atacama. En esa oportunidad se privilegió la eficacia sobre la eficiencia, ya que, de haber primado esta última, esos hombres estarían aún bajo tierra y tendríamos muchas viudas y huérfanos de padre.
La pregunta que uno se hace es ¿por qué, si lo que se indica es obvio o debiera serlo, no se ha planificado una campaña contra la pandemia con toda la especialización profesional de procesos de planificación estratégica? La respuesta, que no resulta tan obvia, viene por el lado de que es posible que la campaña del Gobierno carezca de objetivos claros, medibles, con horizontes de tiempo definidos, que permitan por ende determinar los recursos necesarios y, sobre todo, la mejor estrategia para emplear esos recursos en el logro de los objetivos elegidos.
Está claro que el Gobierno tomó decisiones muy acertadas en lo que respecta a la logística para obtener vacunas y en el proceso de vacunación, como una forma de mejorar la protección de la población. También es loable la gestión logística en la obtención de equipos de respiración artificial, siendo además ambos excelentes ejemplos de eficacia sobre eficiencia, pero que a la vez abren la interrogante de por qué, en otros ámbitos, nos perdimos y no logramos llegar a puerto. ¿Fue por falta de objetivos, fue por falta de medios o de inadecuadas formas de uso de los medios, o fue porque el complejo dilema entre eficiencia y eficacia no pudo ser bien resuelto?
Si Churchill hubiera combatido la Segunda Guerra Mundial colocando la eficiencia por delante de la eficacia, o si no hubiera tenido una estrategia con objetivos claros, hoy en día el Reino Unido y buena parte del mundo estarían bajo dominio nazi.
Para finalizar esta columna, una recomendación que se desprende del análisis de los párrafos anteriores. Si efectivamente los objetivos están claramente definidos, es el momento de mejorar significativamente la comunicación y la actitud hacia todos los chilenos. Llegó la hora de comunicar lo que se espera de cada uno para que salgamos victoriosos de esta pandemia y culminar con éxito esta campaña. Basta de tratar a la población como niños exclusivamente sobre la base de restricciones, castigos y multas. Es hora de empezar a ser claros respecto de objetivos para las comunas y las regiones. Es hora de ser claros en las mediciones y su efecto en las decisiones. Decir que la única contribución que se espera de la población es que se quede en casa, se lave las manos, use mascarilla y se vacune, es insuficiente.
Las personas pueden y deben contribuir a la solución del problema y al éxito de la campaña para terminar en breve con este virus que nos tiene agotados, ya que hay muchas buenas estrategias que se pueden emplear, siempre y cuando existan objetivos claros y elementos de medición de los efectos que se busca producir con cada medida que se implementa.
Si no contamos con esos elementos, la población se pierde, deja de sentir que la solución depende de ellos mismos y no se siente partícipe de la respuesta. La primera y principal tarea del liderazgo para implementar una estrategia que permita el éxito en una campaña, es imbuir a todo el personal involucrado de la importancia de su compromiso personal para el éxito. Esa es tal vez la peor falencia de la actual campaña contra la pandemia del COVID-19.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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