Mario Pacheco: El hombre que gestó el Nuevo Flamenco desde una oficina cercana al parque del Retiro | Blog Doc&Roll

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La cordobesa María José Llergo tenía tan solo unos meses de vida cuando el Vente pa’ Madrid consagraba en 1995 a los Ketama. Los hermanos Carmona cantaban entonces, junto al contrabajo del folk-jazz inglés de Danny Thompson y al músico de Mali Toumani Diabaté, a una ciudad eléctrica en donde todos los martes eran viernes, decía la letra del que es uno de los grandes éxitos del grupo. La joven cantaora es una de las primeras en aparecer en el documental Revelando a Mario, del director mallorquín Simó Andreu, producido por TVE y el canal balear IB3 y que está disponible en la plataforma Movistar +. Ante la cámara, Llergo habla de la figura del audaz productor musical Mario Pacheco (Madrid, 1950-2010), fallecido cuando ella era una adolescente. Sus palabras dan buena cuenta del extenso, poderoso, y a menudo silente legado del hombre que gestó el Nuevo Flamenco desde una oficina de Madrid cercana al parque del Retiro.
“De pinta era muy payo, pero luego era muy gitano”, recuerda Antonio Carmona sobre un rubio y pálido Pacheco. Sin entender de confines físicos, sociales o musicales, este madrileño cosmopolita, amante de las vanguardias sonoras británicas y del flamenco tradicional, comenzó montando en la década de los setenta conciertos alternativos en su colegio mayor, el Pío XII, junto al cineasta Iván Zulueta. Ambos acercaban a la capital bandas desconocidas, procedentes de otros rincones de España. Con ese mismo espíritu de apertura fundó dos décadas después junto a su esposa Cucha Salazar el sello Nuevos Medios, tras aprender las claves de la industria discográfica desempeñando trabajos ocasionales. Su personal proyecto, al que puso imagen el artista Joan Miró como diseñador de su logotipo, ayudó a florecer a estos jóvenes flamencos, entre ellos, al genio truncado del fallecido Ray Heredia.

Los Ketama, durante un concierto.

Pepe Habichuela fue quien estrenó la pequeña y revolucionaria discográfica con su A Mandeli (1994), y fue quien convenció a Pacheco para que también grabara un disco a los Carmona. Eran tiempos de los “Lunes flamencos” en la hasta entonces muy rockera sala Revólver del número 26 de la calle de Galileo Galilei, y la capital comenzaba a abrir sus escenarios a otro tipo de artistas y a una globalización sonora que luego dio lugar a la exitosa etiqueta de las músicas del mundo. “A pesar de haber pasado mucho tiempo fuera de España y de haber bebido de muchas influencias externas, cuando regresó a su país decidió apostar por algo de aquí. Como él mismo decía, quería que la gente dejara de relacionar al flamenco con un país gris”, cuenta Simó, sumergido durante meses en el universo del productor musical para completar esta biografía audiovisual. Una de las razones de ser de esta película, explica, es dar a conocer a una audiencia más amplia el trabajo “de alguien que un hombre querido y respetado dentro de la industria musical que quizá no ha recibido el reconocimiento que se merece por parte de las instituciones culturales”.
Martirio, otra de las artistas amparadas por la eterna curiosidad de Pacheco, entona ante el director un lamento habitual. De haber florecido en una industria musical extranjera, Pacheco sería una estrella mucho más celebrada, considera la cantante de mirada opaca y eterna peineta. No fue la única que aprovechó la capacidad visionaria del madrileño. Con Nuevos Medios probó que también había diversidad en los sonidos flamencos, apoyando a artistas como Miguel Poveda y Mayte Martín, e impulsó a bandas de la movida ochentera como Golpes Bajos. También hubo en su catálogo jazz, canción popular cubana, tango argentino y sonidos de Perú y de México. Y editó en España a talentos anglosajones entonces desconocidos, entre ellos a New Order, The Smiths o The Go Betweens. Los artistas que él decidía tener a su lado no solo recibían de él promoción o un apoyo financiero. “No era un productor que impusiera su personalidad a los músicos con los que trabajaba. Por lo que cuentan algunos de ellos entre líneas, sí que los influenciaba y enriquecía de alguna manera, con detalles sutiles, compartiendo sus conocimientos y acercándoles a nuevas referencias”, apunta Simó.

La cantante Martirio, en un momento del documental.

El sello, que cesó su actividad pocos meses después de la muerte de Pacheco, ha resurgido en los últimos años gracias al empeño de su hija María, quien también barrunta la posibilidad de mostrar en público una parte del ingente trabajo fotográfico que dejó su padre y del que el documental hace un guiño en su título. Gracias a ella, el equipo de Revelando a Mario tuvo acceso a más de 26.000 negativos de su archivo. Una minúscula parte de este legado ilustra la película, que también aborda esta faceta de su protagonista. Al menos dos de esas imágenes son icónicas: la del estadounidense Jimmy Hendrix saliendo al escenario del Festival de la Isla de Wight (Reino Unido) y el retrato a Camarón de la Isla, que sirvió de portada para su disco La leyenda del tiempo (1979).
Simó sí que encuentra conexión entre la forma que Pacheco tenía de entender la música y la fotografía, más allá de que la temática de sus imágenes la protagonizaran a menudo los artistas con los que colaboraba. “También, a nivel conceptual, se puede encontrar en su archivo un determinado tipo de imágenes con un lenguaje muy escueto. Retrataba al personaje con un fondo neutro y poco más, colocando la verdad de quien posaba por encima de todo artificio y con la misma sutileza con la que trataba a los músicos a los que producía”, concluye.

Una imagen de juventud de Pacheco.

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