Morir feliz – Diario Financiero

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Padre Hugo Tagle

Hace unas semanas se aprobó un proyecto de ley para regular la eutanasia. Lamentablemente, el proyecto une la mal llamada “muerte digna” con un mejoramiento a los “cuidados paliativos”, cosa que sí merece atención.
La aceleración de la muerte por medios artificiales (eutanasia) siempre es ilícita, atenta contra el don de la vida y resulta una afrenta a lo propio de la medicina, que es cuidarla. La muerte no es la respuesta a los enfermos que gritan por ayuda. En una situación de extrema fragilidad y desvalimiento, con grandes dolores, es fácil sentirse una carga, que la vida no vale la pena o no tiene sentido.

¿No será lo propio humano animarlos, apoyarlos y motivarlos a renovar su amor a la vida? La eutanasia ayuda más a los sanos que a los enfermos. Es una forma cínica de disfrazar nuestras comodidades, buscando deshacernos de quienes sentimos un estorbo. ¿Dónde están los familiares, seres queridos, hijos, nietos?
Se trata de mejorar la calidad de vida de quienes sufren una enfermedad terminal dolorosa, muchas veces costosa, y transformar ese último tiempo, años a veces, en algo digno, humano, más llevadero y feliz. Y esa es tarea de todos, no solo de los afectados. Los costos deben ser asumidos por la sociedad en su conjunto. Resulta injusto que esa etapa “mirando hacia la muerte” sea un infierno, una sangría monetaria, verse “obligado a sufrir” como dicen algunos; una carga y fuente de no pocas peleas y tensiones familiares.
El proyecto de ley es una falacia. Busca hacer pasar por bueno algo siniestro y cruel; solución cómoda y fácil para terminar con la vida de quienes sufren. Sí se deben mejorar los cuidados paliativos, el combate al dolor –donde se han hecho grandes avances- y la asistencia en alimentos.
Y junto con esto, la medicina debe hacer un ejercicio de humildad y reconocer sus límites. Llegado a un punto del tratamiento, hay que hacer ver a los familiares y al propio afectado, que se ha hecho todo lo humanamente posible. “La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima”, dice la Iglesia. Negarse a un tratamiento, incluso modesto, es absolutamente legítimo. Pero otra cosa muy distinta es acelerar el proceso de muerte. Eso es asesinato. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte: se acepta no poder impedirla.
La civilidad de una sociedad se revela en el cuidado de los enfermos y ancianos. Pongamos el acento en cuidar la vida, no en acabar con ella.

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