Santiago: me gustaría tanto que no me mearan la calle

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Caminando el sábado por el siempre bonito Parque Forestal, encuentro un puestecillo con una urna de nuevas primarias, las chicas y chicos me informan que se trata de encontrar un candidato a alcalde para desafiar a Alessandri.
Alessandri es un alcalde lánguido, elegante, despistado, que no vive en la comuna y llega a ella en su auto oficial, o sea, no se entera para nada de lo que ocurre en la tarde-noche-mañana. Los y las de Alcaldía Constituyente de Santiago me saludan amablemente cuando les digo que soy vecino y me hablan de una participación deliberativa y vinculante con mucho protagonismo de la comunidad, su proyecto se opone a la violencia de Estado, es feminista, sustentable, por la economía circular y el buen vivir en los barrios. Les encuentro toda la razón y me comprometo a revisar sus propuestas. Me entero de que con 1.444 votos de un total de 2.604, Irací Hassler (PC) y ahora concejala, es la triunfadora de este proceso. En la Comuna de Santiago viven 404.495 personas, según el Censo de 2017, o sea, en estas primarias supervisadas por el Servel estamos hablando de una participación del 0,5%, muy poquito.
Igual les hice llegar a estos constituyentes un correo en una sección de su sitio web donde dice: “Si eres vecina, vecino o vecine de Santiago y tienes alguna propuesta para llevar a cabo en la comuna, contáctanos e intentaremos juntos trabajar en ella”. Por ahora no he tenido noticias. Bueno, les copio (para quienes tengan paciencia) mi penoso diagnóstico del barrio, claro que yo hablo sobre todo del sector tan bonito donde hago mi vida:
Como vecino del barrio Lastarria-Forestal-Bellas Artes puedo manifestar que este barrio está viviendo, como toda la comuna de Santiago, un proceso integral de deterioro tanto en la infraestructura urbana como en las condiciones de vida de cada día.
En este barrio cada uno hace su negocio, cada cual lleva adelante lo que le parece importante, despreocupándose totalmente de los eventuales daños colaterales de su emprendimiento, y sin correr para nada con los costos de las externalidades negativas de sus acciones. Ese comportamiento destructivo y filosóficamente neoliberal extremo, salvaje, es común a todos quienes utilizan –depredadoramente casi siempre– la infraestructura de esta zona rica en parques, jardines, edificios históricos, museos, centros culturales, monumentos y zonas de ocio.
En mi caso, que tengo 73 años, sigo apreciando intensamente la fisonomía y ambiente que le dan a este sector su carácter patrimonial, y al mismo tiempo puedo constatar día a día cómo se deja de lado una actitud ciudadana responsable, es decir, hacer un determinado uso de la ciudad y del barrio –el que sea– con el debido respeto a los otros usos que también tienen todo el derecho de llevarse a cabo.
Es así como el funcionamiento del excelente restaurante Liguria supone para los vecinos de su zona posterior someterse al intenso y continuo ruido de sus extractores, una cosa muy, muy heavy. Los chicos del Liguria reciben cortésmente los reclamos y siguen con su matraca emprendedora.
Los ciudadanos y ciudadanas que utilizan la Plaza Italia para manifestar –con firmeza y valentía, lo hemos visto– su oposición a prácticas abusivas y discriminatorias, no parecen percatarse de que muchas veces sus manifestaciones de los viernes –que el país necesita– alteran gravemente la vida normal de los vecinos y vecinas en un radio de al menos 20 cuadras alrededor de la plaza: y así nos encontramos con gente orinando en sus calles (yo he retado a varios y varias), rayados murales ofensivos en las paredes de sus casas, semáforos rotos (llevo a menudo a mi nieto de dos años en su cochecito al parque y a veces se me hace muy difícil cruzar de manera segura), etc.
Hay edificios patrimoniales construidos en materiales naturales de calidad que están hoy cubiertos de muchas capas sucesivas de pintura química y tóxica. Ayer vi a una chica muy moderna sepultando y arruinando un muro de mármol con esos botes de spray, lo hacía con gran cuidado y amor. El meado de las calles circundantes es inevitable cada vez que se juntan diez mil personas o cien mil o un millón, son cifras de concierto rock. Pero el alcalde y los concejales o concejalas viven en otro mundo, en otros barrios.
Las fuerzas de Carabineros se empeñan en “mantener el orden” entendido como una disposición geométrica de las personas en el espacio y como la libre circulación del tráfico de vehículos altamente contaminantes, ya que la plaza es funcionalmente una rotonda. Pero se preocupan muy poco de garantizar el derecho de la gente a manifestarse sin sufrir represalias, entrando en un innecesario cuerpo a cuerpo que resulta a menudo en violaciones a los derechos humanos de las personas, en mayor destrucción de mobiliario urbano y en un aire cargado de toxinas para los vecinos y vecinas, debido al uso de gases lacrimógenos, cuya nube suele durar del viernes al sábado y hasta el domingo. El viernes pasado crucé desde la avenida Santa María por Pío Nono y el Parque Forestal en medio de una guerrilla de baja intensidad, volaban cascotes, me lloraban los ojos y pasaban raudos los paquebotes de carabineros: me da lo mismo, estamos acostumbrados, aunque de repente preferiría poder llegar tranquilo a mi casa.
Las empresas de hotelería y restauración, ya mucho antes de la pandemia, han estado haciendo uso extensivo de las veredas para poner sus mesas, eso con el permiso de la municipalidad, más empeñada en hacer caja que en garantizar un manejo equilibrado de los diversos usos de la ciudad.
No se entiende la proliferación anárquica de patentes de alcohol. Un uso equilibrado de la vida urbana no aconseja que en una calle exista un bar o restaurante al lado del otro. Eso lleva al barrio a transformarse en un patio de comidas, desalentando el rico tejido de los usos combinados que son propios en una ciudad integrada; y genera a la larga la ciudad norteamericanizada con un centro degradado y barrios dormitorio alejados, donde todo se hace en auto y no hay vitalidad urbana.
Y a ese secuestro de las veredas de la calle Lastarria por parte de bares y hoteles se suma el que de facto hace una larga serie de vendedores callejeros que ofrecen productos chinos, ropa de segunda mano, etc., todo lo cual hace de, por ejemplo Lastarria, una calle intransitable. Son productos que se pueden vender en otro lado, pero sus vendedores, pequeños agentes neoliberales, prefieren reventar un sector de alto interés patrimonial, estarán ahí un par de años hasta que el sector se vacíe y decaiga del todo. El otro día le dije a una señora: ¿Cuál es el aporte de su venta de calcetines de acrílico a la calle Lastarria? Ninguno, me dijo ella sonriente, y agregó: Yo vivo al otro lado de la Alameda, si viviera en esta calle me volvería loca. Nos despedimos amablemente, yo un poco inquieto.
Algunos restaurantes de gran nivel gastronómico están cerrando, y lo que llega parece estar más ligado al mundo de la noche, el alcohol ruidoso y otras substancias psicotrópicas de mayor calado. En Bellavista ha ido ocurriendo algo así y ha sido desastroso.
En muchas ciudades bien organizadas hay mercadillos populares debidamente regulados a fin de que su actividad no colisione con otras igualmente respetables, por ejemplo, los jueves hay venta de antigüedades, y los sábados de verduras orgánicas, etc. Si el barrio es patrimonial, se procura no alterar su equilibrio ni afear su belleza.

Los músicos y actores callejeros, que pueden generar un bonito ambiente cultural, al no obedecer a regulación alguna se apropian atronadoramente del ruido con sus modernos parlantes y hacen impensable el silencio, sin que importe la hora. Sin embargo, en los edificios del barrio hay departamentos, y allí viven estudiantes, parejas, familias, adultos mayores, algunos convalecientes o con enfermedades crónicas, y esas personas tienen derecho al descanso, a una vida digna.
Muchos de quienes vienen al barrio, y es un fenómeno que vale para toda la comuna (hay dos millones de personas que diariamente visitan Santiago como población flotante), son gente de paso, que finalmente no duermen en él. Algunos, después de haber alterado mucho la vida de la gente, se van a sus casas a dormir en silencio con la satisfacción del deber cumplido, y en sus barrios no hay bombas lacrimógenas, ni semáforos rotos ni cantantes nocturnos ni venta en las veredas ni tampoco mucho tráfico.
El problema de la gente en situación de calle, un tema dramático, se resuelve inorgánicamente con la ocupación de facto de zonas del Parque Forestal y algunas calles por campamentos en tiendas de campaña en condiciones de total insalubridad, es decir, que los prados y fuentes de los parques sirven de baños: el problema existe, es relevante dar una solución a esas personas, equilibrando el que las personas más afligidas puedan vivir dignamente, con el uso respetuoso de los espacios públicos. Para solucionar esas cosas de manera participativa y ecuánime está la autoridad.
Una autoridad que, en este y en los demás problemas, está ausente, como parecen estar también ausentes muchos de los dirigentes políticos. Un alcalde que vive en otra comuna. Una comuna desbordada por los usos depredadores que hacen las personas convencidas de que lo suyo es lo único importante. Una política urbana sostenible se basa precisamente en lo contrario, en el uso respetuoso, dinámico, armónico y equilibrado de sus espacios.
Lo que tenemos hoy es lo que hemos heredado del sistema neoliberal: negocios individuales o grupales y caos, ningún sentido de comunidad. Bueno, yo hablo modestamente como vecino: me gustaría tanto que no me mearan la calle.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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