Teresa Undurraga y su debut como escritora: “El trabajo me ha salvado la vida”

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De los helados al destilado, y ahora a la literatura. En esas pocas palabras podría resumirse la senda profesional de la empresaria, pero su historia es mucho más que eso, y buena parte de ella queda escrita en su primera novela, “Las niñitas bien no usan bikini, linda”.

No se trata de una autobiografía sino de autoficción, aclara la autora. Muchos nombres, los de su núcleo familiar, son los reales, pero otros no. Lo importante tampoco es cuán exactos son los sucesos descritos, sino cómo Teresa Undurraga (52) los narra.
Su infancia y adolescencia ilustradas en fragmentos. Recuerdos de una Teresita niña que se va convirtiendo en mujer, salpicados con cartas, listas y versos. De fondo, un país entrando a una dictadura más larga de lo imaginable, y recobrando luego la democracia. Una familia con grandes fundos, tradición viñatera, vocación religiosa y parientes en el exilio.
Un papá -Francisco Undurraga Mackenna- aristocrático de misa dominical, que se deja crecer la barba en protesta por las violaciones a los derechos humanos. Una mamá -la artista plástica Teresa Gazitúa- que se desdobla para ser madre, artista y administradora del hogar. Un hermano mayor -el diputado Evópoli Francisco Undurraga- que nació distinto. Además de un compendio de abuelos, tíos, nanas, amigas y pololos que completan el entramado que da vida propia a Las niñitas bien no usan bikini, linda (Planeta, 2021).

Los momentos
“El libro lo terminé de escribir antes de la pandemia, después lo estuve editando y cuando finalmente llegó a mis manos, sentí que a ese planeta lejano se lo llevó el túnel del tiempo. Estamos hablando de matrimonio igualitario y aborto en todas las causales, y acá se cuestiona el bikini”, comenta entre risas desde su oficina ubicada en un galpón del barrio Franklin, donde destila gin y produce chocolates artesanales bajo la marca Quintal.
A finales de 2016, Undurraga, junto a su socio y hermano Francisco, vendió el Emporio de la Rosa al Grupo Bofill. La heladería del Parque Forestal, que se transformó en una cadena de locales y productos asociados, se había convertido en parte de su identidad.
“Durante 16 años fui “la del Emporio”. Cuando lo vendimos se me mojó el poncho, quedé como mustia. Entonces me preparé un setting mental y físico: me armé una oficina en mi casa de Las Cruces, me inscribí en el diplomado de Escritura creativa de la UDP y tomé un curso de botánica en el Club de jardines de Las Condes”, cuenta la empresaria.
La idea de escribir un libro venía desde que era adolescente: “Tengo un baúl lleno de diarios de vida. Siempre he estado escribiendo, pero con la idea de que los escritores eran otras personas, no yo”. Estaba claro que volvería a emprender y que quería fabricar su propio destilado, pero antes necesitaba una pausa creativa y hacer el duelo del negocio anterior.
En el diplomado de escritura fueron claves la tutoría de Rafael Gumucio, escritor especializado en el género autobiográfico, y también una conversación con Alberto Fuguet: “Hablamos mucho de la idea de que las autobiografías también son ficción. Uno cuenta su historia, pero nunca es objetiva. Mis hermanos podrán decir si las cosas ocurrieron como las recuerdo, y da lo mismo en todo caso”.
Esa conversación con Fuguet le proporcionó libertad, explica Teresa, porque entendió que su trabajo narrativo era literatura: “La vida no sucede como curva dramática, es más bien la suma de hechos aleatorios. Una vez que tomé consciencia de eso, decidí exacerbarlo”.
Otro elemento fundamental, dice, fue la edición a cargo de Daniel Hopenhayn: “Tenía 500 páginas escritas y la preocupación de que mi voz fuese intensamente femenina. Quería la visión de un hombre de una generación distinta a la mía, para ver si el relato hacía sentido más allá de mi experiencia”.

Trabajo y desfachatez
Iniciar un camino como escritora a los 50 años, no le genera ansiedad. “Tengo el ego linkeado a mis deberes empresariales. Habría sido muy difícil salir del clóset literario sin un trabajo que me afirme. Yo y trabajar somos uno. El trabajo me ha salvado la vida: “trabajo-trabajo-trabajo”, añade parodiando a un antiguo candidato.
“Para mí el trabajo es algo espiritual, porque lo más importante es la independencia. Adoro los ritos, las rutinas, los hábitos, y entiendo la libertad como la posibilidad de hacer planes”, agrega. El ser hija de una artista que no transaba su quehacer creativo, la hizo sentir que era necesario experimentar una vocación fulminante para dedicarse al arte.  “Ahora, más vieja, me siento preparada para vivir la escritura. Hay algo de desfachatez y también la humildad de entender que uno no es tan especial”.
Las niñitas bien no usan bikini, linda acaba de publicarse y está recibiendo los primeros comentarios, algunos de personas cercanas y otros de lectores desconocidos. “La gente me ha dado cuenta de una sensación más general: todos recordamos los veranos de la infancia, las recetas de una abuela o un pololo que nos hizo sufrir. Las experiencias vitales se parecen”, comenta Teresa.
Sus páginas están llenas de contrastes: de una convivencia alegre con la derecha más oligárquica y una consciencia social ligada a la izquierda cristiana. “Es absurdo mirar la existencia como puro sufrimiento o felicidad. Siempre hay cumpleaños, risas, dolores y amores. La vida se cuela como una gotera y es imposible permanecer en un solo registro. Es el cariño el que nos permea y permite a los procesos políticos, países y culturas, hermanarse”, concluye la autora.
-En tu libro la política está muy presente. ¿Cómo observas el Chile de estos días respecto del país en el que te tocó crecer?
“Con mucha esperanza. Hay capas que me han acompañado toda mi vida: estoy destilando gin en un galpón en Franklin pero al mismo tiempo tengo una sensación de pertenencia a un mundo que reclama cosas que no están resueltas.
El proceso constituyente para mí es muy importante. Cuando escuché el discurso de Elisa Loncón tuve la sensación física de estar escuchando a Martin Luther King, de vivir un momento histórico. No tengo miedo. Creo que vamos a pasar por momentos que causarán mayor o menor incomodidad a quienes hemos tenido el poder por muchos siglos, pero es lo que corresponde. Tengo fe en que algunas vociferancias iniciales se canalicen en un trabajo de inspiración y consciencia. Soy bien pensada”.

La Quinta va bien, afirma Teresa. Se refiere a su emprendimiento de destilados y chocolates. A los tres tipos de gin -Andes, Franklin y Patagonia- sumó ahora una colección de tragos nacionales que arrancó con un Enguindado.
Eso sí, la planilla Excel inicial la tiró a la basura: “Nos allanamos a que los negocios son procesos creativos, y el estallido y la pandemia hicieron que tomaran otro curso. Pero estamos súper atentos, sin soltar el sueño”.
Como pyme no han podido postular a mucha de la ayuda estatal disponible, porque su primer año de ingresos coincide con los primeros subsidios otorgados. Pronto deberían recibir un Bono Pyme y beneficios tributarios, espera la emprendedora.“Este proyecto lo estamos considerando en función de que vale la pena sacar los productos, aunque perdamos plata. Seguimos en la línea de “lo comido y lo bailado”.

Foto Revista Capital, agosto 2019.

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